Séptima itinerancia en Container, Lliuco, Quemchi

“Paisaje Sonoro”, fue nuestro séptimo taller itinerante en Container, realizado por Felipe Matus en Lliuco, Quemchi desde el 11 al 15 de Octubre, experiencia en la que los estudiantes de séptimo básico pudieron percibir su contexto a través de los sonidos presentes en el ecosistema del entorno de su Escuela, desde el mar a los sonidos propios de sus cuerpos.

Este proceso de agudización de los sentidos, que permite potenciar las capacidades de observación y comprensión de nuestros entornos íntimos y territoriales, fue orientado desde el inicio con el involucramiento absoluto de los estudiantes en cada particularidad del proceso creativo, para de ésta forma generar un aprendizaje consciente y participativo, donde las niñas y niños se sientan realmente parte del proceso educativo.

Felipe nos comenta “el paisaje es lo que registramos por medio de nuestros sentidos y su raíz etimológica está relacionada a la idea de territorio, campo, distrito o pueblo. El paisaje como constructo cultural viene a ser la transformación de la naturaleza que efectúan las personas por medio de su trabajo, que en su legado generacional transmiten los saberes junto con los elementos tangibles de su desarrollo en beneficio de su comunidad, es decir, el patrimonio cultural”.

En particular el proceso se orientó a través del desarrollo de la escucha (desvinculándola de su representación visual) y de la construcción de aparatos electrónicos simples que permitieron registrar los sonidos del entorno para su posterior uso como referentes o elementos para una composición, indagando además en los principios físicos (ondas, vibraciones, etc.) que actúan en el sonido y cómo la cultura y la tecnología han mediado en la percepción del significado de los sonidos que nos rodean, y por ende, en cómo nos vinculamos con el mundo a través de ellos.

Las etapas que permitieron avanzar en la creación, fueron las “prácticas de escucha” que entienden la escucha como un paso más allá en el oír, es decir, un ejercicio intencionado y voluntario de la escucha, que permita rebasar la mera función biológica del oír. Las prácticas de escucha resignifican el cotidiano al derribar las jerarquizaciones de lo utilitario que inconscientemente armamos para desenvolvernos en nuestros quehaceres diarios. Un ejercitar consciente de la escucha nos vincula con los sonidos como materialidad pura en su evanescente aparición en el tiempo, indagando en las relaciones espaciales con los seres y objetos que nos rodean. Por otro lado, “caminatas sonoras” en el contexto de que caminar de por sí incorpora el ritmo de los pasos y de la respiración en el desplazamiento, aspectos importantes a considerar en la experiencia para no caer en un falso objetivismo del ejercicio. El sonido resuena en nosotros tanto como resuena en el pabellón de la oreja hasta llegar al tímpano, para que luego de interacciones de distintos órganos, lleguen las ondas transformadas en impulsos eléctricos que decodificará el cerebro, y por último, el registro de estas caminatas a través del teléfono celular o en forma de relato.

Además, desde el primer día, los estudiantes pudieron integrarse al proceso creativo desde la construcción de aparatos de captación sonora (dispositivos para el registro sonoro). Felipe Matus señala “por medio de la actividad lúdica de construcción de sencillos objetos tecnológicos, pudieron conocer y entender cómo se genera el sonido, y cuáles son sus principios elementales para que surja como fenómeno físico y se propague hasta nuestros oídos. Se sentaron las diferencias con respecto a la percepción visual, más presente en el desarrollo de nuestra cultura occidental, que a exigencias del racionalismo privilegian la vista, capaz de fijar, comparar y conceptualizar en imágenes dando forma al conocimiento a diferencia del oído, dependiente de la fragilidad del sonido, que aparece y desaparece en su vehículo que es el tiempo, pero a su vez, capaz también, de entregarnos sensaciones únicas y fijarlas en la memoria”.

Los estudiantes además estaban sorprendidos, al descubrir cómo la electricidad posibilita la traducción de eso que escuchamos. Se logró entonces desnaturalizar nuestra herramienta de registro, haciendo conciencia del problema que surge con la representación, eje fundamental en el desarrollo de una poética artística.

Las niñas y niños pudieron plasmar la subjetividad de sus experiencias personales y mundo interior, logrando incentivar propuestas autorales. Aparecen sonidos desde entorno familiar, escolar, las profundidades del rio y el mar (grabadas con los dispositivos directamente introducidos en el agua), lo que los relaja o disgusta, la riqueza tímbrica de los entornos naturales del archipiélago de Chiloé, que fueron la base referencial de los ejercicios del taller.

Con estas iniciativas, se logra poner en el centro del proceso aprendizaje/enseñanza a los estudiantes, dotándolos de herramientas que los involucran directamente en la generación de conocimiento, profundizando de ésta forma la pertinencia de los contenidos y la relación simbiótica entre los seres humanos y su hábitat. Esta idea, se concretó a través de la construcción de una escultura, una oreja, confeccionada con conchas, palos, piedras, algas, hojas, todos elementos de la naturaleza, determinantes para la conformación de los imaginarios y sentidos de los estudiantes, ésta oreja da cuenta del lugar (hábitat) desde el cual nacen sus cuerpos, emergen sus expresiones y se manifiestan sus ideales.

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